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diciembre 27, 2011

Un corazón recto ante la apologética


Dr. Dallas Willard
–“…santificad a Dios en vuestros corazones…estad preparados…con mansedumbre y reverencia …” (1 Pe. 3:15).
Cuando llevamos a cabo la tarea apologética lo hacemos como discípulos de Jesucristo, y por consiguiente en la forma que El lo haría. Esto significa primero que todo, que lo hacemos para ayudar a la gente, especialmente aquellos que desean ser ayudados. La apologética es un ministerio de ayuda.
El cuadro presentado en 1 Pedro 3:8-17 nos muestra discípulos dedicados a promover lo que es bueno, pero eran perseguidos por ello. Su reacción ante esto, como Cristo les había enseñado, fue “gozaos y alegraos”.
Esto llevó a aquellos que observaban a preguntarse cómo los discípulos podían estar gozosos y esperanzados bajo tales circustancias. Esa pregunta sería por supuesto inevitable en un mundo airado, sin esperanza ni gozo.
Exhortación de Pedro
Por lo antedicho, los discípulos fueron exhortados por Pedro a “estar preparados para presentar defensa…de la esperanza que hay en vosotros…con mansedunbre y reverencia” (v. 15), siempre con una “buena conciencia” de que uno ha hecho lo que es correcto (v. 16).
Por lo tanto nosotros damos nuestra explicación, nuestra apologética, como un acto de amor al prójimo. Cuando lo hacemos debemos ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mat. 10:16). La sabiduría de la serpiente consiste enconocer el tiempo oportuno basado en la observación atenta.
Las palomas a su vez son incapaces de engañar o defraudar a nadie. Así debemos ser.
El amor por aquellos con los que tratamos nos ayudará a considerarlos en la forma correcta y evitar totalmente el manipularlos. Al mismo tiempo anhelamos y oramos para que reconozcan que Jesucristo es el Señor del cosmos.
El amor también nos purificará de cualquier deseo de vencer por vencer, así como de la autojusticia intelectual y del desdeño de las opiniones y habilidades de otros. El evangelista por Cristo es alguien que se caracteriza por su “humildad mental” (tapeinofrosunen; Col. 3:12, Hch. 20:19, 1 Pe. 5:5), un concepto del Nuevo Testamento que no puede ser encapsulado usando nuestra palabra “humildad”
solamente.
De modo que la exhortación de “presentar defensa” no es un llamado a someter intelectualmente por la fuerza a gente que no está dispuesta, sino a ser los siervos de aquellos que lo necesitan. A menudo, también es un llamado a servir a los que están atrapados por su propia autojusticia intelectual y su orgullo, generalmente reafirmados por su contexto social.
Además, nosotros hacemos la obra del apologista como tenaces siervos de la verdad. Jesús dijo que El había “venido al mundo para dar testimonio de la verdad” (Jn. 18:37) y se llamó a sí mismo “el testigo fiel y verdadero” (Ap. 3:14).
Es por ello que presentamos nuestra defensa con reverencia. La verdad revela la realidad, y la realidad puede ser definida como aquello con lo que los humanos chocamos cuando nos equivocamos. En este choque siempre salimos perdiendo.
Equivocarnos con respecto a la vida, las cosas de Dios y del alma humana, es un asunto tan serio como la muerte. Es por esto que la tarea de la apologética es tan importante. Por ello “seguimos la verdad en amor” (Ef. 4:15), y hablamos con toda la claridad y argumentos razonables posibles, confiando simultáneamente en el Espíritu de verdad (Jn. 16:13) para lograr aquello que está más allá de nuestras limitadas habilidades.
El Punto Común de Referencia
La verdad es el punto de referencia que tenemos en común con todos los seres humanos. Nadie puede vivir sin la verdad. Aunque podemos estar en desacuerdo sobre la verdad o falsedad de ciertas cosas, la fidelidad a la verdad, cualquiera que esta sea, nos permite identificarnos y tomar posición junto a las personas que son honestos indagadores. Nuestra actitud por lo tanto, no es la de “nosotros contra ellos”, sino la de “nosotros”. De esta forma estaremos por siempre aprendiendo y no sólo enseñando.
En cuanto sea posible, y a veces no lo es debido a otros, nosotros “presentamos defensa” en una atmósfera de mutua investigación y de amor generoso. No importa cuán firmes estemos en nuestras convicciones, nunca seremos insolentes, arrogantes, hostiles o defensivos. Desde que sabemos que Jesús mismo no lo sería, debemos aceptar que no podemos ser de ayuda si actuamos de forma arrogante. Cristo no tuvo necesidad de ello, ni nosotros tampoco. En la apologética, como en todas las cosas, El es nuestro modelo y nuestro Señor. Nuestra confianza descansa totalmente en El. Este es el “lugar especial” que le damos en nuestros corazones; es así como “santificamos a Cristo en nuestros
corazones como Señor”, en el servicio crucial de la apologética.
Traducido y publicado con permiso.

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